Este curso hemos celebrado un concurso de relatos por el día de San Jordi; estos son los ganadores:

 

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POESÍA 1º Y 2º ESO

Hay quien sin descanso pide la luna,

creyendo así hallar dicha y fortuna.

Los hay que confían todo a la suerte,

jugando con el azar hasta la muerte.

Es bueno, sin duda, querer mejorar,

pero el camino hay que saber disfrutar.

Quien por llegar a la meta se obsesiona,

muchas veces no la alcanza y se lesiona.

Lesiona su alma, su ser,

lesiona a quien ama y su querer.

Qué esfuerzo tan grande y baldía

para acabar con el corazón vacío.

Vivir es duro, a veces demasiado,

puede resultar despiadado.

Luchamos y luchamos sin cesar,

y parece que nada vamos a lograr.

Pero la vida es sin duda hermosa

y es eso lo que la hace tan valiosa.

Disfrutar d ella gente que nos ama,

no hacer de todo un drama,

sonreír al espejo cada mañana

y alejar cualquier idea insana.

Hay cosas que vale la pena hacer

para vivir, ser feliz y crecer.

Autora: Rocío Muñoz Gómez

NARRATIVA 1º Y 2º ESO

LA VENGANZA

La muerte tuvo lugar la pasada semana. Era un día cálido de principios de verano. Aquella mañana me levanté sobresaltado al oír sonar el teléfono.

-Buenos días, señor -me dijo la voz ronca del otro lado del aparato-. ¿Es usted el inspector Smith?

-El mismo. ¿En qué puedo ayudarle?

-Creo que alguien me está espiando -me dijo entre sollozos.

-Pero señor, yo no soy polici…

De pronto escuché un grito que me heló la sangre. Después de varios segundos esperando pude distinguir unas pocas palabras: Stamburg 13. Inmediatamente me dirigí a aquella dirección. La puerta de la entrada estaba abierta y en el suelo se podía distinguir un rastro de sangre, que me condujo hasta aquel individuo. La imagen era espantosa, un gran puñal se encontraba clavado en su pecho y tenía un brazo mutilado. De pronto, de detrás de las cortinas, salió una enorme figura con la cara demacrada. En su mano izquierda sujetaba un revólver y en la derecha el brazo del cadáver.

-Quieto o disparo -gritó mientras cargada el arma-. Salga al pasillo y suba las escaleras. No pasará nada si usted hace lo que le digo.

Salí al pasillo y subí las escaleras con aquel hombre siempre apuntándome. Llegamos a una habitación oscura y sin amueblar. En el fondo de la habitación había una estrecha ventana y en el techo unas escaleras que debían de conducir al desván. El hombre cerró la puerta de pronto y poco después se oyeron los pasos de sus zapatos al bajar.

Me cundió el pánico, me quedaría allí encerrado hasta que vinieran a por mí. Entonces me surgió la idea de escapar por la ventana. Era pequeña, pero tenía el tamaño perfecto para meterse y saltar. Al segundo intento conseguí salir y agarrarme a una de las tuberías que se encontraban en la pared. Al volver a entrar en la casa, el hombre había desaparecido y con él, el cadáver. Telefoneé a la policía e inspeccioné la casa. Era un espacio sombrío y con poca ventilación.

Al llegar la policía la situación fue un poco embarazosa, ya que las únicas pistas que había era un rastro de sangre que conducía al salón, al lugar en el que se debería haber encontrado el cadáver y mi declaración.

Decidimos ir a comisaría a tomar nota de mi declaración y hacer un retrato del individuo que se hallaba en la habitación del crimen. Su nombre era Jim Parson, 27 años, de nacionalidad escocesa, pero residente en Nueva York desde hacía diez años. Trabajaba de funcionario de prisiones y no tenía antecedentes penales. En cambio, la víctima no iba por el camino correcto: se llamaba Nick Brown, tenía cuarenta y cinco años, vivía en Nueva York desde los tres años, profesor de instituto, había cumplido condena en la cárcel por abuso de menores y posesión de armas. El pasado mes de junio acabó su condena de diez años y se había ido a vivir a la vivienda familiar. De pronto, una idea me vino a la cabeza, había resuelto el caso, solo faltaba encontrar a Jim.

A la mañana siguiente me dirigí a la casa del crimen, entré por la puerta trasera y me senté en el sillón a esperar. Me quedé dormido y cuando volvía a despertar ya era por la tarde. Al instante oí el forcejeo de la puerta de entrada. Me deslicé hasta la puerta y me puse en guardia. Entonces al abrirse la puerta lo vi…

-Jim Parson -dije.

-¿Cómo es que estás tú aquí? -Balbuceó mientras sacaba su pistola. Pero esta vez logré coger la mía antes.

-Siéntese. Ahora que estamos cómodos se lo explicaré todo. Al ver su historial tan impecable me asombré de que usted hiciese esta clase de atrocidades, pero pronto lo comprendí. De pequeño usted sufrió abusos a manos de un profesor, por ello decidió hacerse funcionario de prisiones, para coger “ a los malos”. La suerte estuvo de su lado y le puso en su camino a aquel profesor. Imagino que el día antes de salir de la cárcel, usted le arregló los papeles y lo reconoció. Desde ese momento empezó a espiarlo. Ayer entró en la casa y charló con Nick. En la charla expuso el tema de los abusos y la conversación subió de tono. Y…

-¡Pare! No lo entiende, debía morir, era su destino -dijo llorando-. El trabajo está hecho, ya no hay vuelta atrás.

A las pocas horas Jim se entregó a la policía y les contó que aquella noche volvió a casa a recoger el cadáver que había escondido en el congelador.

Autor: Alejandro García Marín

POESÍA 3º Y 4º ESO

INVISIBLE

Dan las ocho en el reloj,

vuelves al infierno,

entre cuatro muros,

los oponentes con cara de ángel

vuelven a la embestida,

tu rostro manchado de cardenales,

ojos inundados de gotas angustiadas,

la melancolía inunda tu alma,

las horas del infierno pasan lentas,

las voces de las ofensas

viven en tu mente,

detestas mirar tus rasgos

en el aterrador cristal,

suena el timbre ya,

ha pasado el infierno,

y las bestias no molestan,

cierras las puertas del infierno

y se abren las puertas de la tranquilidad,

el comprás de tu corazón se ha serenado,

de vuelta a la calma,

llegas a tu lugar mimado,

pero en cabeza siguen las voces,

las palabras necias,

las cicatrices permanecen en ti,

malditas bestias,

te detestas,

no te anhelas,

no quieres volver al infierno,

y ya es invisible,

para el mundo,

y sobre todo para él.

Autora: Marta Gutiérrez Castaño

NARRATIVA 3º Y 4º ESO

LA PÁLIDA CHICA

No me gusta el sol, por eso intento no salir de día. En cambio, los días de lluvia me encanta, sobre todo si es lluvia intensa, adoro los días nublados, esos días oscuros que parecen casi noche. Algunos me llaman gótica, pero nada que ver. Tengo veinte años, pero a pesar de mi juventud he viajado mucho. A causa de tanto viaje sufro el síndrome del jet lag del viajero permanente. A causa de ese jet lag padezco un molesto insomnio que no me deja dormir por las noches. Y lo peor de todo es que me empiezo a quedar dormida cuando va amaneciendo. De todas maneras todo tiene sus ventajas. Cuando acepté que no volvería a dormir toda una noche completa, empecé a salir. Salgo a menudo… No siempre salgo por la zona en la que vivo, mi barrio es muy aburrido, es el más tranquilo de la ciudad. Así que suelo irme a zonas un poco más concurridas. Antes conducía el coche de mis padres, lo cogía sin permiso, pero ahora con los controles de alcoholemia y las multas, prefiero ir en transporte público, con amigos o hacer autostop. En mi casa siempre hay gente, es como una casa de vecinos enorme. No importa la hora que sea, ni el día, siempre hay gente. A veces llega alguien de manera inesperada, pero no pasa nada, siempre hay sitio para uno más. La verdad no sé cómo lo hacen, pero el constructor que edificó los miniapartamentos tuvo mucha previsión. Casi todos recibimos muchas visitas, sobre todo de nuestros familiares más íntimos o amigos más allegados.

Las visitas están ajustadas a horarios, así que está guay porque siempre hay un momento en el que estamos solos los que vivimos allí. Se agradece un poco de silencio. A mí personalmente me agobia mucho cuando llegan y se emocionan, me produce ansiedad. Pero como eso suele ocurrir por la mañana, pues no me entero porque yo duermo.

El dueño de todo el recinto nos compensa cada vez que traemos a un nuevo inquilino. Y si es menor de veinticinco años, el beneficio es mayor. Los más viejos se cabrean, pero bueno ya se sabe lo que escribió Rubén Darío: “juventud divino tesoro”. Es como en el gimnasio: “si traes a un amigo, la matrícula este mes se te reduce a la mitad”. Pues igual. Y todos contentos, porque todos salimos ganando.

Un mes llevé a quince nuevos. Llave, el dueño (le decimos llave porque siempre va con un llavero haciendo ruido), que es muy desconfiado y pensaba que estaba haciendo fraude para obtener más beneficios, me preguntó que cómo lo había hecho y yo le respondí que era algo muy simple, pero que siempre tenía gancho.

-A ver, Llave, yo salgo por la noche, me pongo al lado de ellos y siempre utilizo la misma frase: “En esa curva me mató yo”.

Autora: Rocío Cayuso

POESÍA BACHILLERATO Y CICLOS

...DONDE HABITE EL OLVIDO, ALLÍ ESTARÁ MI TUMBA”

Gustavo Adolfo Bécquer

DONDE HABITE EL OLVIDO

Por si decides volver,

te diré el camino:

Buscándome donde solo tú puedas

encontrarme

Donde tantas veces, mis ojos devoraron

a los tuyos,

Hasta perderme en tu mirada.

Pero, no te extrañes si al volver,

en aquel lugar conquistado por rosas,

solo quedan espinas, malas hierbas

y una solitaria y desnuda roca

en la que me hallaré sentado.

Por si deseas volver,

te repetiré el camino:

Donde muera el amor,

donde habite el olvido.

Autor: Raúl Ortega Robayo

NARRATIVA BACHILLERATO Y CICLOS

LO QUE SE SIENTE

“No estoy avergonzado de decir que, arrastrado por mi ensutiasmo, me arrodillé y agradecí al Cielo desde el fondo de mi corazón... por haberme permitido vivir en ese tiempo”, pensaba.

Fui enviado al frente con apenas tres meses de entrenamiento. En aquel entonces era un simple mensajero de la Infantería Bávaro de Reserva, me sntía orgulloso de servir a mi patria. Tiempo después descubrí el verdadero significado de la guerra en Ypres. Todos sabemos lo que es, lo que se ve, lo que se sufre... pero nadie sabe lo que se siente.

Mi inicio fue duro. De aquella batalla encarnizada que encabezamos tres mil quinientos hombres, solo volvimos seiscientos. Siguió pasando el tiempo. La guerra se oscurecía como una noche en el temido invierno ruso. El horror era caeda vez mayor. Las esperanzas desaparecían con cada hermano perdido. Los momentos de risas con tus compañeros se convirtieron en sueños inalcanzables que ansiabas con tanta fuerza. Allí no eras consciente de nada, ni del paso del tiempo. Aprendí a estar horas y días en un sucio hoyo sucio y enfangado en el suelo en el que lo único que prosperaba eran las enfermedades, las ratas y la sangre de tu amigo de la infancia, cuyo pecho acababa de ser atravesado por una bala enemiga. En ese instante piensas en él, en su familia, en esas tardes de simple juego en su jardín... Luego viene la rabia. Viene la descarga de adrenalina que te hace coger tu Mauser 98 y vaciar el cargador. Da lo mismo. Está muerto. Es solo eso, otro más.

La sombra le llegaba a todos. Levantabas la mirada y veías lo que nadie siente, lo indescriptible: un soldado aferrado a su fusil como si fuera su pase a la salida del frente, unos médicos que retiraban el cadáver de un desdichado, un simple adolescent que retenía la mano de su hermano decapitado... Los gritos se ahogaban en el aire repleto de tiros entrecruzados y explosiones de artillería. En la retaguardia, la cosa no era distinta. Todo lo contrario, era igual o peor. Llegaban cartas de familiares y amigos (a mí no, pero no me importaba). Esto originaba un sentimiento de depresión tan gigantesco que podía hundir hasta al hombre más esperanzado. Sabíamos que no íbamos a volver. Salimos de la puerta de casa sabiéndolo ya, a pesar de que le decíamos a nuestra madre o mujer entre lágrimas y besos que nada nos impediría hacerlo.

Llegando al fin d ella guerra fui condecorado en más de una ocasión. Subí de rango. Mi nombre empezaba a pasar a la historia. No obstante, mis superiores negaron mi posesión de dotes de mando. Al volver al campo de batalla, me enfrenté a los temibles gases tóxicos. Fui trasladado al hospital militar de Pasewalk en Stettin. La ceguera se apoderó de mí.

Llegó el fin de la guerra. Las noticias no tardaron en llegar, perdimos. Todo se hizo negro de nuevo ante mis ojos. Ya nada importaba, ni las victorias ni los sacrificios. La derrota engullía toda hazaña realizada. Sin embargo, nosotros, el ejército, siempre fuimos respaldados por el pueblo, que nos recibió como héroes. Pero no es suficiente... No podía acabar así. Entonces lo supimos, no perdimos la guerra, nos traicionaron. Y las consecuencias de la derrota supusieron la máxima humillación.

Esta es una pequeña parte de mi historia. La historia de un soldado patriota que dio su vida por los suyos y su país y que fue apuñalado por los suyos. Un soldado que sí sabe lo que se siente.

Mi nombre es Adolf Hitler, soy un superviviente de la Primera Guerra Mundial, conocedor de la verdadera historia. Y como en el campo de batalla, me volveré a alzar.

Autor: Juan Jesús Torres Márquez

 

LA PUERTA DE LA REINA

Era verano y me encontraba en el pueblo de mis abuelos, un pueblo

pequeño, con un encanto muy especial. Sus casa blancas y sus calles de

piedras y cuestas que van rodeando el pueblo hasta la cima, donde está

situado el castillo.

Fue en el día de San Juan, que la mañana estaba fresca y agradable,

cuando salí a pasear con un grupo de amigas por el sendero de la Brujera,

un lugar fantástico para andar, aunque algo estrecho y rocoso. Cuando

llevábamos una hora andando, Raquel decidió parar y ponerse a comer el

bocadillo, todas la demás hicieron lo mismo, pero yo decidí continuar, - “¡Ya

me alcanzareis!”, dije. Seguí por la vereda, donde las copas de los altos

alcornoques oscurecían el camino, y unas horas más tarde empecé a

sentirme cansada, hambrienta y algo asustada, porque estaba todo en

silencio, en todo el trayecto no escuché a mis amigas, ni el canto de los

pájaros, solamente mi respiración fuerte y agotada. Me senté encima de una

piedra y en ese mismo instante escuché una voz que pronunciaba mi

nombre, procedía de detrás de las paredes rocosas de la ladera

montañosas, alcé la vista y en la cima de la montaña vi la torre de un castillo

ruinosos, luego volví a escuchar otra vez mi nombre, pensé que serían mis

amigas que estaban bromeando.

Tuve un escalofrío, y me giré de repente.

Detrás de mí había una mujer joven, muy bella pero con un vestido algo

anticuado. Se sentó a mi lado y empezó a contarme una trágica historia:

-“ ...Hace ya muchos siglos, que en ese castillo vivía una bella reina que se

enamoró de un sencillo campesino, todos los días a la misma hora se

encontraban en la puerta de la torre.

Cuando su padre se enteró se enfureció y no permitió que se volvieran a

ver. Quiso acabar con el amor que sentía su hija por ese hambriento

campesino y encerró a su hija en la torre para siempre. Su enamorado todos

los días de su vida acudió a la misma hora delante de la puerta de la torre,

ellos se hablaban y se querían, aunque nunca se pudieron ver ni tocar,

¡jamás! Cuando murieron sus almas cruzaron la puerta para unirse

eternamente. Dicen que las parejas de enamorados cuando visitan esa torre

y atraviesan esa puerta oyen las voces y los susurros de la reina con el

campesino”.

Yo me giré para preguntarle si ella era la reina, pero ya no estaba. Por el

camino vi como mis amigas se acercaban, me estaban llamando para

regresar al pueblo, porque ya era muy tarde y estaba oscureciendo.

Esa noche de San Juan no pude dormir. Decidí levantarme y escribir este

relato que os acabo de contar.

Alba Duque Crespo. 2ºA