Celebramos con un bellísimo escrito de nuestro alumno Raúl de 2º de Bachillerato el

Día de las Personas con Discapacidad 3 de diciembre de 2018

Recuerdo que cuando estudié la ESO en el instituto de mi localidad, Benacazón, había unos cuantos niños y niñas que necesitaban una atención especial. A todos los conocía de antes. Solía conversar con ellos cuando podía. En uno de esos diálogos espontáneos me destacaron un nombre propio, el de mi querido profesor de plástica.

Me contaron, entre otras cosas, que aunque él no era el docente encargado del aula de educación especial, solía pasar sus horas libres con ellos. Les ayudaba a pintar, a hacer ejercicio (dos de ellos padecían problemas en las piernas), a integrarse con los alumnos durante el recreo e incluso en clases suyas. Les enseñaba a realizar figuras, a contar chistes. Les demostraba que podían hacer cualquier cosa.

Una de las iniciativas más llamativas que llevó a cabo fue la de colocar como portada de la agenda escolar un dibujo realizado por ellos. No a todo el mundo le gustó el diseño, pero al ver sus caras de felicidad, satisfacción y orgullo, realmente merecía la pena.

Un día lo vi discutir con un grupo de alumnas que estaban diariamente sentadas en una rampa que daba salida al patio en la hora del recreo. Argumentó que obstaculizaban la salida a “sus niños”. Cuando el grupo, enfadado, se apartó, fue al interior del bloque. Al rato volvió con la pareja de hermanos con dificultades de movilidad apoyados cada uno de ellos en un brazo, y comenzó a dar vueltas con ellos por el recreo, actividad que se volvió habitual cada miércoles.

Por estas razones, es inevitable ver que no hay mejor medida para ayudar a los niños con discapacidad que poner todos un granito de arena. Él, a base de perseverancia, nos lo inculcó y “nuestros niños”, como diría, fueron felices el tiempo que estuvieron en el centro.

Debería haber una hora semanal, al menos, dedicada a clases de integración social y al aprendizaje de estos valores.

Por desgracia, Manuel Peláez, que así era el nombre de nuestro profesor, murió a causa de un cáncer, pero su mensaje seguirá vivo en cada uno de nosotros.

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Raúl Ortega Robayo

Alumno de 2º de bachillerato del IES Lucus Solis